Cura para la Mailingitis
En un ameno artículo, Bruno Giufra, conductor de televisión y columnista de la revista Somos del Diario El Comercio, hablaba sobre un síndrome de nuestros tiempos: la mailingitis, definida como esa obsesión de los humanos, más común entre los hombre que entre las mujeres, de vivir pendientes del último mail o correo electrónico que les pudiera llegar. Este síndrome o enfermedad, como relata el autor de la nota, ha venido acentuándose peligrosamente entre los humanos a medida que el internet se ha metido hasta el tuétano en nuestro cuerpo gracias a los teléfonos inteligentes como el Blackberry, el IPhone y demás. Esta manía por revisar en el instante todo correo que llega se ha vuelto tan extrema que se revisa el buzón de correo en misa, en un funeral, en una boda, haciendo el amor o en plena reunión de negocios. Si bien las mujeres tienen la capacidad de mantener tres o más conversaciones a la vez, dudo que un hombre pueda mantener una negociación al tiempo que revisa su correo, escena muy común hoy en día.
Debemos advertir también que el mailing está sufriendo una mutación a la que llamaremos “reditis social”, esta aprensión por revisar compulsivamente los mensajes en mi muro de Facebook, Sónico, Linkedin o cual sea de las redes a las que pertenezcamos, con su extensión en estar conectados al chat “por si acaso está alguien”. Así que más que reescribir el artículo de Giufra quería iniciar éste donde él se quedó: el remedio y la cura para el diagnóstico. ¿Cómo curar el mailing?
La clave de todo el proceso es comprender quién es la persona más importante en la vida de uno mismo. La respuesta es… uno mismo. Después vendrá la pareja, los hijos y el trabajo (atención jefes, no resentirse). La razón es sencilla, para generar bienestar a los demás, uno mismo tiene que sentirse bien. Para querer a los demás, uno tiene que quererse a sí mismo, por lo tanto, si uno está mal, todos alrededor están mal. Este principio básico se aplica directamente al tema en cuestión. No se puede andar por la vida ansioso, angustiado, enloquecido por la manía de leer y contestar cuanto correo recibe uno (el 50% es SPAM). Las emergencias y las malas noticias se saben de una u otra manera, por ende, las demás noticias pueden esperar un poco para ser conocidas, evaluadas y respondidas. Es decir, no hay que sufrir sin en una hora… o un día incluso no se lee correos. Pruébenlo y lo verán. Esa sensación de poder, de autonomía, es exquisita, deliciosa. Uno siente que ha recuperado el control de su vida.
Otra cura es NO hablar por celular cuando se está frente a otras personas, más aun si es la familia. El mensaje que se transmite es “me importa más la llamada que tú”. Un mensaje cargado de egoísmo. El resultado, todos nos vamos encerrando en nuestra burbuja: los niños ven infinitamente la televisión mientras chatean, al mismo tiempo que papá y mamá se dedican a jugar con su blackberry o laptop. Se acabó la conversación, se acabó la comunicación, se acabó la relación.
Pero nada de lo que digo es fácil de hacer pues la compulsión de leer los correos y contestar llamadas es extremadamente fuerte en nuestros días. La vitamina que se requiere para resistir esta tentación de contestar es una sola: la humildad. En efecto, uno de los problemas más importantes que surgió con el devenir del celular y todos sus derivados es el status de gente importante que se crea en uno: “yo tengo el último celular”. Por lo tanto si “yo tengo un celular” “tengo” que contestar. Pero no, NO tienen que contestar. Si no contestan no pasará nada.
Así que, en resumen, la mejor terapia para curar estos males modernos es tomarse la vida menos en serio, tomarse los problemas con buen humor y dedicarle más y mejor tiempo a la familia. Si no contestan por un rato o no ven sus correos, les aseguro que no pasará nada. Así de simple.








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