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Naturaleza Revuelta
Hace unos años estaba en un hotel de Kentucky, Estados Unidos, para una convención. El día del evento bajé temprano a tomar desayuno y era éste uno de esos interminables buffets para 200 personas. Curioseando con el plato en la mano vi de pronto una fuente rectangular, de eso que llamamos asadera, donde había una suerte de soufflé amarillo. Me pareció raro encontrar un plato así en un desayuno así que pregunté qué era exactamente aquello. La respuesta que me dio el cocinero con esa mirada de desprecio tipo “en qué mundo vives” fue “huevos revueltos”.
Un momentito, ¿huevos revueltos? Los huevos revueltos tienen una forma determinada: no tienen forma. Después de romper los huevos se revuelven y queda un amasijo que bien cocinado con mantequilla puede ser un manjar, por lo que esa masa uniforme amarilla no eran huevos revueltos. Así que justamente fue lo que le dije al cocinerito en cuestión. Me respondió muy suelto de huesos que yo estaba equivocado, que ahora los huevos revueltos venían deshidratados en cajas de donde uno sacaba el polvo al que habían sido reducidos los huevos y se ponían en un molde o asadera con un poco de agua y de ahí directamente al horno. Unos cuantos minutos bastaban para que saliera un esponjoso, ¿suculento? y eficiente molde de huevos revueltos. Sin salir de mi asombro agarré un cuchillo y corté una rebanada de huevos revueltos para continuar con mi desayuno. Después de haberlos comido sigo pensando que esos huevos revueltos no eran huevos ni siquiera huevos.
Los transgénicos se suponen que son alimentos genéticamente modificados para incrementar su valor nutritivo, impedir que se “enfermen” con las plagas que afectan a los cultivos y tienen en general características “mejoradas” para alimentarnos mejor y más. Más productividad por hectárea, más alimenticios, todo más y mejor. Sin embargo no está del todo probado lo que sus promotores aseguran y sí existen serías dudas acerca de los efectos posteriores que puedan producir en aquellos que los consumen masivamente.
Pero probablemente lo peor de todo sea que el cultivo de los transgénicos genere polen y semillas que progresivamente vayan inoculando nuestros plantíos oriundos degradándolos y mutándolos de manera tal que en algunas generaciones éstos hayan desaparecido. Es decir, se corre el riesgo de que la enorme y valiosísima herencia genética que posee el Perú en su flora se destruya por culpa de estos cultivos que aun no han demostrado ciertamente ser saludables, inocuos e inofensivos. Este riesgo se hace mayor por cuanto la descomunal presión que están ejerciendo los laboratorios que producen estos cultivos está forzando, tentando, seduciendo a los agricultores a usar los transgénicos que ellos producen. Tengamos presente que para estas poderosas transnacionales no es problema aportar el dinero necesario para publicidad, créditos y otras formas de manipulación hacia los agricultores y consumidores.
Por ende no se trata de dejar solo al gobierno en la defensa de nuestro patrimonio ni en el embate para resistir la entrada de estos productos o al menos comprobar si efectivamente o no implican o riesgo para todos. Hoy más que nunca debemos tener en cuenta que el patrimonio del país es de todos nosotros y por ende somos nosotros, los ciudadanos de a pie, los que tenemos que salir a defenderlo. ¿Cómo? Informándonos bien, estar alertas y denunciar las sospechas de cultivos ilegítimos e ilegales que puedan quererse infiltrar.
Hoy más que nunca la solución está en nosotros mismos.







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