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Una Vida al Vuelo

 

Hace unos meses tenía que regresar al Perú desde Nueva York. Tenía que tomar dos vuelos: un NYC – Miami y un Miami – Lima, sin embargo el mal tiempo desde Cincinnati hizo que la salida desde el Kennedy se retrasara, desbaratando mis planes de tomar la conexión a Lima, por ende no estaría en la ciudad al día siguiente para el cumpleaños de una sobrina y mi familia iría sola. Me imagino que así como yo los demás pasajeros tenían sus planes y organizada su vida.

Después de una hora de retraso nos subimos finalmente al avión y despegamos tratando de consolar la frustración y fastidio que siempre generan estos retrasos. Siempre he tenido una extraordinaria capacidad para quedarme dormido en los aviones, incluso antes del decolaje (creo que debe ser una reacción inconsciente a cierto temor a volar pues la verdad es que no puedo evitar sentirme inquieto con el trance) y este vuelo no fue la excepción. Cinturón abrochado, una rezadita para que el Jefe me lleve seguro a casa (oraciones que se hacen evidentes cuando me persigno y que generan perturbación en algunos pasajeros, no sé si porque los preocupo o los incomodo, como si rezar fuera malo) y el sueño se me vino de golpe como suele pasar. Sin embargo, no habrían pasado más de 20 minutos cuando un brusco salto me despertó de golpe. Habíamos entrado en una zona de turbulencia, de esas que todos los que volamos con regularidad tenemos que sufrir. Pero esta no era cualquier turbulencia. No había terminado el avión de remontar la primera cuando se dio otra peor. Pueden ser segundos apenas pero uno siente que cae en caída libre una eternidad.

El piloto, que no había llegado a apagar las luces de abrocharse los cinturones de seguridad (estábamos en pleno ascenso cuando se presentó el problema) nos habló a todos, pasajeros y tripulación. Nos explicó que se trataba de una turbulencia muy fuerte, producida por una tormenta y que no nos moviéramos de nuestros asientos ni nos soltáramos el cinturón. Alguna vez me dijeron que en un avión uno no debe preocuparse por estas cosas mientras que las aeromozas sigan caminando. Tomárselo en serio cuando ellas se sientan y si se ponen a llorar mejor es ponerse a rezar porque el avión se va a caer. En este caso, no lloraron pero el par que estaban frente a mí estaban pálidas del susto mientras que el avión se esforzaba por salir de ahí. El miedo que se siente en esos momentos es terrible, más aun sabiendo que uno no puede hacer nada. Fueron 20 minutos angustiosos en que uno siente que morirá al minuto siguiente y literalmente ve toda su vida pasar en segundos. Por más preparado que uno puede estar, la sensación de morir es aterradora.

He querido contarles, queridos lectores, esta anécdota porque me sirve para imaginar los últimos momentos que pueden haber vivido los pasajeros del vuelo de Air France trágicamente caído en el Atlántico. Me sirve para imaginar lo que deben haber vivido en esos últimos momentos, los sueños y proyectos que tenían, las citas de negocios que los esperaban, las vacaciones que vivirían, las familias que dejaban en casa. La fragilidad de la que estamos hechos y de la imposibilidad de saber cuándo nos tocará a nosotros que nos permite vivir confiados hasta que se presenta el momento final.

Todos aquellos que viajamos constantemente tenemos presente siempre la posibilidad de enfrentarnos a un accidente. Tantos kilómetros recorridos en carretera, tantas millas voladas, tantas horas fuera de casa… Siempre un accidente nos afecta pues nos hace pensar que nos pudo tocar a nosotros. Es la ruleta de la vida. Por eso hago esta reflexión como un requiem a tanta gente buena que murió en ese avión, un pésame a tantas familias que lloran hoy desconsoladas a sus seres queridos. A los míos solo les puedo prometer que me cuidaré.

 
 
 

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