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La Gordura del Éxito Presidencial
El presidente del Perú, Alan García Pérez, ha engordado notoriamente desde que asumió su gobierno. Ya en su campaña electoral se le notaba algo subido de peso y en el último mensaje al país se le pudo ver con una barriga francamente descomunal que obviamente es un motivo perfecto para adversarios, caricaturistas y burlones profesionales para ridiculizarlo. Para el grueso de la población, si bien el tema puede no ser relevante, sí se percibe como que algo no anda bien… y es que en definitiva algo no anda bien.
El gordo compulsivo (si lo sabré yo) alimenta una serie de deseos, fantasías y ansiedades que son el motivo perfecto para comer. Estar preocupado, agobiado y ansioso son estados que pueden ser curados, “son curados”, saciando el apetito insaciable que el estrés genera. Y mientras más se come peor se pone pues va perdiendo la noción de cuando parar y peor aun, cómo parar, entrando en una suerte de consuelo permanente en que mirándose en perspectiva, no en el espejo, se cree que uno finalmente tan gordo no está. Se cree falsamente que en cualquier momento se puede bajar de peso y que uno puede manejarlo como quiere y dado que uno tiene este “poder” puede seguir engordando todo lo que uno quiera.
El problema está en que mientras más se sube más difícil es bajar. Así de fácil. Mientras un muchachón de menos de 30 años con un poco de dieta y mucho ejercicio bajará enseguida los que pasamos de los cuarenta descubrimos que ya no es tan fácil. Uno se llena más rápido, se siente peor después de una comilona y los kilos de más pueden ser un suplicio si uno trata de eliminarlos. Hay libros vendidos por millones y médicos que han hecho fortuna ofreciendo la fórmula mágica para bajar que a la larga o a la corta se terminan convirtiendo en parte de la ruta de moda o miembros del circuito “fashion” que recorre la gente de sociedad para adelgazar. No solo se trata de bajar de peso si no con quien se baja. Tan importante como el tratamiento resulta entonces con quién se encontrará uno en la sala de espera del médico de moda.
En el caso del presidente lo que me preocupa es que su gordura puede deberse a otro motivo diferente al estrés. Me temo que se deba a esa sensación de éxito que le embarga. Ese saberse un buen presidente. Que al verse rodeado de sus colegas en alguna cumbre presidencial comprobar que a los otros les va peor y que la economía del Perú anda mejor, o menos mal, que los demás latinoamericanos. Cuando a uno le va bien suele sentirse con derecho a todo, se puede hacer lo que uno quiera porque “se lo ha ganado”. No importa si lo que uno quiere es el mejor bife, el mejor viaje o el mejor auto. Lo importante es que se ha trabajado duro para darse gusto… y hay que darse gusto pues.
El problema es que esta carrera desenfrenada solo lleva al deterioro físico y espiritual además del descrédito personal. En lugar de ir hacia arriba, la curva se dobla rápidamente hacia abajo porque cada día cuesta más hacer las cosas aun cuando las enfermedades aun no aparezcan. El cuerpo y el alma pasan la factura de todas maneras. Por ende, ¿qué queda entonces por obtener? Uno mismo pues. Si la gordura es por éxito y no por estrés el gordo debe comprender que después de haberse dado el gusto de comer todo lo que encontró a su paso, sea comida, auto o sabe Dios qué, el verdadero reto, el verdadero trofeo está en conquistarse a sí mismo y empezar a ponerle el orden que se requiere. ¿Qué tan valiente o bueno eres que puedes vencer a los demás pero no puedes vencerte a ti mismo?
Aunque no lo crean mis estimados lectores éste no es un sermón de autoayuda sino una confesión personal. Del mundo de los cien kilos donde me encontraba el consejo de un amigo y la determinación de mi esposa me hicieron comenzar el largo camino del retorno a la normalidad. Hoy he logrado bajar 15 kilos (ya baje la barrera de los cien) pero me faltan 15 más. La fórmula que a mí me sirve (cada uno debe encontrar la que le sirve a uno) es ejercicio constante, comer menos y mejor y mucha vitamina A (de amor familiar) combinada con algo de oración. Por ello me atrevo a decirle a nuestro presidente “hey, no es tan difícil”.







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