La Eterna Disputa de las Tarifas (parte II)
En el artículo de ayer hacíamos una recriminación o reclamo a los operadores turísticos por ese afán de siempre de negarle a los museos y monumentos la posibilidad de cobrar un boleto de entrada acorde con los servicios que presta y por ende equitativo. Evidentemente cuando se sucede un incremento en el boleto de entrada los operadores protestan porque sus costos se incrementan y reduce su rentabilidad en cuanto no son capaces de trasladarles a sus clientes o pasajeros el valor de dicho incremento. Sin embargo, de lo que estamos hablando es de incrementos de 2 o 3 dólares que, visto en un paquete de aproximadamente 500 dólares, resulta incrementos insignificantes de apenas 1% o 2% pero que las agencias siempre terminan reclamando que dichos incrementos “los hará quebrar”.
Siendo un protagonista de estas discusiones podría aburrir a mis lectores con los interminables argumentos que de una parte y otra se lanzan para defender sus respectivas posiciones. Lo cierto es que las tarifas de los atractivos peruanos han estado, y todavía están, por debajo de lo que museos de similares características cobran en otras partes de América Latina, para no hablar del resto del mundo. Recuerdo todavía los 20 dólares que me costó ingresar a la “Catedral de la Sal” en las cercanías de Bogotá o los 8 dólares que costaba la visita al Canal de Panamá (una experiencia interesante sin duda) o la serie de boletos de 5 o 6 dólares que cualquier museo cobra, que comparados a nuestro rango de 3 a 5 dólares nos pone siempre debajo del promedio.
En el caso de los museos y monumentos públicos, léase del Estado peruano, ante la siempre angustiante escasez de recursos, los atractivos tienden a incrementar sus boletos de ingreso como una forma inmediata y rápida de generarse nuevos recursos. Sin embargo, como desconocen normalmente el mercado mundial de museos, el alza de sus tarifas siempre es hecho en función de sus necesidades de caja y no en función de los servicios que ofrecen dentro de un entorno de competencia mundial. Peor aun, los ingresos son destinados a usos diferentes a la restauración, conservación y mantenimiento de la muestra, deslegitimando el cobro mismo. El caso más dramático sucedió hace un par de años cuando el presidente regional de Cusco “decidió” subir el ingreso a Machu Picchu a cien dólares porque necesitaba financiar un plan de alfabetización cuando MAPI ni siquiera cuenta con servicios higiénicos. Un caso más cercano fue el incremento del Boleto Turístico del Cusco (BTC) para saciar los apetitos económicos de los alcaldes distritales de Cusco que en buena cuenta licuan sus ingresos en obras vanas e irrelevantes sin aportar nada al desarrollo de sus poblaciones.
Para los museos privados, sujetos a la libre oferta del juego, la apuesta de incrementar sus tarifas puede ser más riesgosa pues un incremento fuera de proporción puede reducir la cantidad de visitantes o sacar al museo del mercado. Un acertijo siempre difícil de seguir pero que al final puede rendir sus frutos. En todo caso, lo que sí es evidente es que los ingresos obtenidos en el caso privado sí son empleados en el mantenimiento y conservación del museo y van acorde con los servicios ofrecidos, aunque tampoco alcanzan para más. Las ampliaciones y mejoras tienen que ser realizadas con donaciones o fondos de cooperación, cada vez más escasos como comentábamos antes.
Ya sea en el ámbito privado como en el público, lo cierto es que el ingreso por venta de boletos tiene un máximo posible determinado por el valor de la visita misma (grado de satisfacción del visitante) y el costo de oportunidad de visitarlo versus otras alternativas (como el shopping), por ende, los museos y monumentos tienen que desarrollar otras formas de generar ingresos, que en el caso del Perú no han sabido aprovechar: explotar adecuadamente la venta de souvenirs y el negocio de alimentos y bebidas (restaurantes y cafetería) … pero ese tema lo dejamos para mañana.







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