Hace quince años visité Venezuela y nos quedamos una semana alojados en Caracas en casa de unos tíos. Curioso al fin, visité al dueño de casa en su oficina para conocer el ambiente empresarial y oficinesco de Caracas, en ese entonces, un país que andaba más o menos bien. Como a las 5 de la tarde, noté que todo el mundo se preparaba para salir y mi tío me comentó que mejor era esperar hasta las 7 para salir pues a esta hora ya esta libre el tránsito. Si salíamos a las 5 nos pasaríamos 2 horas en el tráfico igual. Ante mi cara de duda y escepticismo, con un sonrisa traviesa me dijo “vamos sobrino” y nos montamos en el tráfico para llegar, tal cual predijo, dos horas después. En esa época, con apenas 1 millón de autos en el Perú, me parecía inconcebible que esa culebra sinuosa, de andar lento, a la cual los venezolanos llamaban “trancón” pudiera moverse tan lento. El tráfico en Caracas podía ser un suplicio, al que era mejor evitar quedándose a trabajar y salir dos horas después.
Esta historia, si bien recién la cuento, la he recordado centenares de veces en los últimos meses, ya que manejar en Lima se ha vuelto un tormento al igual que ese Caracas de hace tiempo. Para muestra un botón. Recorrer los 800 metros de distancia entre el Puente Quiñones y el “Zanjón” me llevó ¡38 minutos! por reloj en plena hora punta la semana pasada. Es evidente que la ciudad está patas arriba y con el cuento de la APEC han destruido media ciudad para, dizque, ampliar las calzadas, mejorar las vías y sabe Dios que más. Y mientras mi tocayo bordea peligrosamente el límite de su incapacidad, los limeños tratamos de continuar viviendo en este caos que significa transitar por la ciudad.
Por ello es que, en aras de aportar una solución, aunque sea temporal mientras dura este desastre descomunal, les propongo, amigos lectores, que en plenas horas punta, en lugar de meterse en el tráfico y perder miserablemente el tiempo con mal humor incluido, empleen esa hora o dos en sentarse tranquilamente en algún café de esos que Lima tiene ahora donde puede uno disfrutar de su café revisando sus correos (Starbucks o Tiendecita Blanca), comerse un señora butifarra (Pastelerías San Antonio) o pecar de gula y olvidarse del colesterol con una voluptuosa copa de helados (Laritza o 4D). Los establecimientos podrían crear promociones como “el té caótico”, “el lonchecito del tráfico” o quizás un “buffet trancao” que incluya una “combi asesina” (sánguche de lechón, jamón, queso, palta, huevo y diez ingredientes más), el “mixto de mal humor” (bien caliente) o un “triple semáforo” (verde para la palta, rojo para el tomate y amarillo para el huevo duro).
Es sabido que en gringolandia la moda es tomarse un par de copas en un bar, sin embargo, aunque no tenga nada contra el alcohol, pienso que una mejor costumbre sería la del café. Incluso podemos darle un toque romántico o coquetón enviándole un mensaje de texto a la esposa o el esposo proponiendo una cita de a dos con el pretexto del café. Lo que venga después… eso propóngaselo usted.
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